El 4 de marzo de 2018, el exoficial de inteligencia militar rusa Sergei Skripal y su hija Yulia fueron envenenados en Salisbury (Inglaterra) con un agente nervioso “de grado militar” del tipo Novichok. Las autoridades británicas lo trataron como un intento de asesinato mediante arma química en suelo británico.

El Gobierno británico detalló medidas diplomáticas, policiales y de seguridad en respuesta, y la fiscalía autorizó posteriormente cargos contra sospechosos identificados. El caso se considera un ejemplo emblemático de actividad hostil vinculada al Estado en Europa con agentes químicos, con daños colaterales para la población (incluida una víctima mortal posterior por exposición secundaria).