Todas las relaciones están destinadas a terminar cuando falta el interés mutuo, y en este preciso panorama histórico parece que Europa y Estados Unidos tienen visiones e intereses que ya no coinciden.
Durante mucho tiempo, Estados Unidos ha sido el peso pesado de la OTAN, un aliado junto al cual Europa nunca se preocupó realmente de proveer de forma autónoma a su propia seguridad. La presidencia Trump ha barajado las cartas, reforzando la percepción de que acuerdos que una vez se basaron en el derecho internacional pueden transformarse en transacciones de puro interés económico.
La imposición de aranceles hacia aliados históricos y las repetidas amenazas de adquisición de Groenlandia "a toda costa" — por las cuales el Estado danés ha incluido a Estados Unidos entre los países considerados en riesgo — ponen en duda, en el mejor de los casos, la fiabilidad de un socio que alguna vez fue fundamental. Tener un aliado que no siga una línea estratégica clara, oscilando de un extremo a otro (Trump, Biden, Trump), ha traído de vuelta con fuerza al centro el tema de una defensa europea más autónoma.
Mientras el secretario general de la OTAN intenta tranquilizar sobre la solidez de la alianza, muchos países europeos aceleran el rearme y el norte de Europa refuerza la cooperación dentro de NORDEFCO.