¿Significa aceptar que un Estado soberano pierda aproximadamente el 20% de su territorio tras una agresión militar? ¿Considerar normal que acuerdos de seguridad previos, firmados por las mismas partes involucradas, puedan ser superados mediante el uso de la fuerza?
Es cierto que una tregua ofrecería a Ucrania un alivio inmediato. ¿Pero cuánto duraría? Y sobre todo, ¿sobre qué garantías reales podría apoyarse, si uno de los actores ya ha demostrado que no considera vinculantes los compromisos suscritos en el pasado?
Las evaluaciones de inteligencia occidental indican que los objetivos estratégicos rusos no han cambiado, contradiciendo a la presidencia Trump que en este momento parece tener interés únicamente en retomar las relaciones económicas con Rusia para concentrarse en la competencia con China. Rusia, por su parte, que está dedicando el 40% del gasto gubernamental total a defensa y seguridad y nunca ha tenido un número de efectivos tan alto, necesita salir del aislamiento económico y reequilibrar la relación de dependencia con Beijing.
Con tales premisas, ¿quién garantizaría en el futuro la seguridad de Ucrania y de otros teatros de tensión, desde Groenlandia hasta Taiwán?
Una paz sólo puede llamarse tal si es estable, creíble y fundada en reglas compartidas. Si estas condiciones no existen, ¿estamos seguros de que no significa simplemente preparar el próximo conflicto?