La anarquía es una forma de organización en la que el gobierno está ausente y cada elemento se autorregula.

Una pesadilla para algunos, un sueño para otros.

Para que pueda funcionar, la premisa fundamental es que exista un acuerdo sobre los valores que sostienen la civilización y que cada persona sea garante y responsable de sí misma y de su comportamiento hacia los demás.

Si esa premisa falla, si alguien traspasa un límite personal, el sistema degenera en la prevaricación y se pasa a un orden regido por la ley del más fuerte. Una ley que reinó sin discusión durante milenios: feudos, reinos, imperios, esferas de influencia.

Fue necesaria una de las guerras más atroces de la historia para llegar a establecer derechos universales reconocidos a nivel internacional, para que todo esto no volviera a suceder.

En 1945 nació la Carta de las Naciones Unidas, base de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 y pilar del futuro del derecho internacional.

El 3 de enero de 2026, Estados Unidos llevó a cabo una acción militar directa contra Venezuela, que culminó con la captura del jefe de Estado, reivindicando el derecho a intervenir en nombre de una presunta superioridad moral y del presunto interés de los ciudadanos venezolanos.

Dejando de lado consideraciones sobre la legitimidad y la naturaleza del gobierno venezolano, si decidimos ignorar el derecho, ¿qué queda?

¿Solo los Estados más débiles deben permanecer dentro de los límites acordados? Si la fuerza decide quién es inmune a las reglas y quién debe obedecerlas, ¿quién será la próxima víctima?

Rusia y Estados Unidos ya han movido. ¿Le toca a China?